Re-pensar a Maradona, re-pensar la Patria

Por Nicolás Torres Ressa. Lic. en Filosofía.

¿Cómo podemos empezar una nota que trata acerca de Maradona? ¿Cómo podemos empezar una nota que trata acerca de Maradona, a un año de su fallecimiento? ¿Qué podemos decir que no se haya dicho ya? La respuesta es mucho. Por increíble que parezca, “el Diego” es una fuente inagotable de reflexiones, todas necesarias y saludables. Sobre todo, necesarias y saludables para nuestra Patria.

Tal como hacía en el campo de juego, “el Diez” nunca deja de tomarnos por sorpresa y asombrarnos. El 25 de noviembre del 2020 lo volvió a hacer: en tiempos en los que flotaba por el aire la sensación de que los argentinos íbamos camino a acostumbrarnos a vivir en un mundo sin abrazos y sin cercanía física, su muerte nos sacudió y nos arrastró de manera irremediable a Plaza de Mayo. No se cumplió ni uno solo de los protocolos previstos para la jornada.

Simbólicamente quedó como “el final de la cuarentena”, por más que el ASPO ya había terminado dos semanas atrás. A continuación, voy a hacer una pregunta… y la voy a hacer en plural, pero antes voy a aclarar de que es muy probable que ese número gramatical no le haga justicia a la conducta individual que haya tenido cada uno de ustedes, los lectores. Ahora sí, hago la pregunta: ¿Qué fue lo que hizo que nos olvidáramos del coronavirus, de la pandemia, de la posibilidad de contagiarnos? Va a sonar a cliché, pero creo que nos movilizó el amor, que (por suerte) siempre es más potente que el miedo a la muerte. Y, dicho sea de paso, creo que es el motor nos hace tener ganas de vivir. Entonces quizás sea oportuno preguntarnos el por qué. Por qué ese amor. Por qué Maradona. Por qué “el Diego”. Por qué “el Diez”. Por qué la Argentina lo quiso y lo quiere tanto.

Cuando di inicio a esta nota, dije que el Diego es una fuente inagotable de reflexiones para la Patria. Me parece momento de hacer la siguiente aclaración: ¿qué digo cuando digo “la Patria”? Antes que nada, cuando hablo de la Patria no pienso solamente en la bandera, la escarapela, el mate y el asado. Hay mucho tradicionalista conservador suelto por ahí, que piensa que la Patria es una momia, o sea, un muerto milenario cubierto de mortajas, que hay que (justamente) conservar a como dé lugar. Conservarla así, tal como está, sin que el menor soplo de aire perturbe su estabilidad mortuoria.

Yo tengo una idea diametralmente opuesta de lo que es la Patria. Creo que es el pueblo mismo. Y el pueblo está hecho, obviamente, de seres humanos. ¿Hay algo más cambiante que el ser humano? Ya de por sí, me da cierto reparo hablar de “el ser humano”, con la entonación de quien habla de algo así como de uno de “los grandes conceptos de la Historia”. No soy amigo de las grandes definiciones monumentales.

A veces incluso llego a la conclusión de que “humano” es una palabra demasiado global, demasiado abarcativa (y demasiado occidental, pero eso ya sería irnos demasiado de tema). Una palabra que promete muchísimo y al final no nos ofrece tanto. ¿Hay una “identidad humana”? Yo me inclinaría más por decir que, en el caso del ser humano, nada se mantiene idéntico a sí mismo. Que todo se la pasa transformándose. Lo mismo pasa con la Patria. La Patria vive transformándose y mutando. Aclarado todo esto, voy a enunciar el primer punto que me gustaría problematizar en este artículo: el pueblo amó a Maradona.

Sé lo que muchos pueden llegar a objetarme. Hay argentinos que no lo quieren. También hay argentinos a los que no les gusta el fútbol. Ambas cosas son ciertas. Creo que el corazón de esa objeción es la suposición de que el pueblo es una suma de individuos sueltos. Yo creo que es más que eso. Incluso creo lo contrario: los individuos estamos hechos “de pueblo”, no al revés. Hay un conjunto de costumbres, de ideas y de sentires (siempre cambiantes a lo largo de la Historia) que nos constituyen. Cada uno de nosotros elige qué hacer individualmente con esa gran herencia colectiva… pero “estar ahí”, está. El amor a Maradona está en nuestra atmósfera nacional (e incluso en nuestra atmósfera latinoamericana, pero hoy quiero hablar sólo de Argentina). Los argentinos no sólo somos conocidos en el mundo “por Maradona” … sino que activamente queremos que nos conozcan por él, por sus hazañas futbolísticas.

¿Cómo fue que los argentinos y el fútbol nos encontramos? ¿En qué momento ocurrió? ¿Por qué nos llegamos a querer así, cómo fue que llegamos a conectar de esta manera? ¿Por qué este deporte, que ni siquiera fue inventado por nosotros, llegó a apasionarnos tanto? Eso creo que es tarea para los historiadores y para los sociólogos. Lo que sí voy a permitirme decir, es que creo que los argentinos encontramos en el fútbol algo que la economía y la política nos negaron sistemáticamente (o, a lo mejor, algo que sistemáticamente nos hemos auto-negado): la posibilidad de enorgullecernos, de tener autoestima, de sentirnos bien con quienes somos… y en suma, de formarnos una imagen de nosotros mismos (o por lo menos, de aquello que queremos ser). No es poca cosa, es lo que no puede faltar en una sociedad.

¿Cuántas veces hemos escuchado la expresión “este país de m…”? ¿Cuántas veces hemos escuchado a un argentino diciendo que nuestro país nunca va a poder desarrollarse? Que no vamos a lograr tener industria propia, que no vamos a generar trabajo, que no vamos a poder gozar de estabilidad económica… que eso no es lo nuestro. A veces me pregunto si un estadounidense o un alemán se atreverían a decir lo mismo de sus propios países.

Para bien o para mal, el fútbol es nuestra gran industria nacional. En la economía y en la política nunca logramos la soberanía. En el fútbol, sí… y nos encanta haberla conseguido, no estaríamos dispuestos a resignarla por nada del mundo. Creo que eso es lo que re-presenta (es decir, etimológicamente lo que nos “vuelve a presentar”) Maradona. Es nuestro espejo nacional.

Hoy el mundo está cambiando y muchos están buscando capitalizar la transformación. Antes se creía que la industria era garantía de progreso, mejor calidad de vida y felicidad. Hoy muchas maneras de “hacer industria” están siendo cuestionadas, porque fueron justamente “esas maneras” las que nos trajeron la pandemia.

Estamos en tiempos donde necesitamos redefinir el rumbo que queremos seguir como sociedad, la idea misma que tenemos de lo que es “ser felices” y “progresar”. Necesitamos redefinir la felicidad y el progreso. Y lo tenemos que hacer de manera soberana y autónoma.

¿Qué lugar ocupa Maradona acá? Ninguno específicamente, salvo el siguiente: forma parte de nuestra identidad colectiva y, como tal, es insoslayable. Eso no quita que tengamos también que cuestionarlo. De hecho, no podemos dejar de cuestionarlo… y paradójica y tristemente, tampoco podemos dejar de quererlo. Estamos habitando y transitando esa contradicción.
¿Por qué hablo de contradicción? Porque la Patria se está transformando.

Hoy es imposible seguir invisibilizando y silenciando los abusos y las violaciones que lo tienen como protagonista. Mucho menos, seguir invisibilizando y silenciando las voces de sus víctimas, que necesitan expresarse y ser escuchadas, como ha ocurrido estos últimos días con Mavys Álvarez.

Afortunadamente, hoy nuestro pueblo tiene un poco más de empatía que hace apenas una década atrás, pero todavía nos falta muchísimo. Se debate mucho si hay que “cancelar” o no a Maradona. Personalmente, no creo en la cancelación, me parece que presupone un dualismo maniqueo y vacío entre “buenos” y “malos”, que deja afuera muchos aspectos de la realidad. Y también me parece que, en el caso puntual de Maradona, él es estructuralmente casi “incancelable”, por los motivos que expuse más arriba. Yo correría el eje de la cuestión.

Me parece que acá tenemos otra importante oportunidad de vernos “en Maradona”, como en un espejo amplificado de lo que nosotros mismos somos, lo que fuimos, lo que queremos dejar de ser y lo que queremos transformar. Y ahora les hablo específicamente a los varones hetero-cis: hoy, Día Internacional Contra la Violencia de Género, es un excelente día para re-flexionar y re-sentipensar nuestra masculinidad y qué queremos hacer con todos los mandatos que nos han sido impuestos.

Las feministas están demasiado ocupadas pensando todos sus problemas, que no son pocos. Y reflexionando sobre sí mismas. Los varones hetero-cis tenemos que hacer lo propio y atrevernos a juntarnos y auto-reflexionarnos. Eso también es parte de la reconstrucción (o deconstrucción) de la Patria.

Al inicio del texto, dije que no sabía cómo empezarlo. No se me ocurre mejor frase para terminarlo, que la siguiente: si reflexionar sobre “el Diego” puede ser de alguna manera saludable para reconstruir nuestra Patria, en medio de tiempos de tanta incertidumbre, bienvenido sea.

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