Opinión

Una radiografía hacia el horror

Por Tomás Ressa. Director editorial.

En esta fecha, un 24 de marzo de 1976, daba inicio el período más feroz de la historia Argentina. El miedo se apoderaba del país. Las tardes se volvían grises, y las noches silenciosas. Opinar se volvía peligro de muerte, y aún así, nadie estaba a salvo.

Con el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, cuyas metas irrenunciables eran “terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo”, y que iba dirigido “contra quienes han delinquido o cometido abusos de poder”, comenzó una época negra en la Argentina, en la que el terrorismo de Estado y la represión como lógica institucional se impusieron en cada rincón y en cada ámbito del país.

La Plata se convirtió en el escenario político central de luchas y persecuciones ideológicas, y sufrió como ninguna otra ciudad el azote de la dictadura cívico-militar.

Semana tras semana, las atrocidades iban en aumento. Los medios locales notificaban los asesinatos en las calles como “tiroteos” entre los “subversivos” y la policía; y las irrupciones sin orden legal en los hogares, como “operativos”.

Cualquier lugar de encuentro era rápidamente desmantelado, y nada volvía a saberse sobre los individuos que la policía reclutaba. Todos estaban al tanto de lo que ocurría, pero fingían no estarlo. Hablar estaba prohibido.

Desaparecieron miles de niños, hombres, mujeres y abuelos, muchos sin relación alguna con la “revolución armada” o “subversión”.

Cientos de bebés quedaron despojados de sus padres, algunos sin saber en la actualidad su verdadero origen. Torturas inimaginables y muertes se volvían moneda corriente en los campos de detención.

Tan así, que en su “Carta abierta a la Junta Militar”, Rodolfo Walsh afirma haber aconsejado a su hija que tome una pastilla de cianuro en caso de verse en apuros, porque “lo importante no era morir, sino caer”.

Nadie que haya estado inmerso en ese contexto puede olvidar lo sucedido. Pero ahí está nuestro mayor reto. No solo ellos. Nadie, ningún habitante de este país, puede olvidar. Porque además de atrocidades, hubo luchas.

Luchas de los artistas que defendieron sus ideales hasta el final. Luchas de profesionales que nunca bajaron los brazos en pos de sus convicciones.

Luchas de personas que con la dictadura en sus más duras condiciones tomaban el camino hacia su trabajo para seguir trayendo el pan a su casa. Luchas de quienes perdieron a seres queridos por seguir adelante.

Luchas de madres y abuelas por recuperar a sus hijos y nietos aún transcurridos cuarenta años de que el fascismo haya intentado despojarlos de sus identidades, sus raíces y su historia.

Por los caídos en Malvinas. Por los hijos desaparecidos. Por los nietos desaparecidos. Por todos los caídos por ideología o política. Por todos los muertos inocentes. Por todos los que debieron exiliarse.

Por los torturados. Por los que debieron reconstruir su vida tras perder a sus amigos y familiares. Por un país que repudia lo sucedido y hoy dice: “NUNCA MÁS”.

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